“No Soy Mujer Rural, Soy Una Mujer Campesina”

“No soy mujer rural, soy una mujer campesina”

Zapatoqueña de nacimiento, pero con raíces chucureñas, Esperanza Gil, fue la décima hija de don Antonio, quien huyendo de la violencia que aquejaba a Colombia, les dejo a sus trece hijos la mejor herencia que pudieron tener: La fortaleza.

Como una enamorada del campo, se describe a sí misma, pues asegura que al nacer en el seno de una familia desplazada por el conflicto armado, sus raíces se extendieron en lo más profundo de la tierra.

Sus recuerdos de ciudad son muy esporádicos. Por ejemplo se acuerda del colegio en Bucaramanga, en el que aprendió a leer y a escribir, pero ni ella, ni su familia han sido de la urbe. Después de una corta estadía en la “ciudad bonita”, su padre decidió retornar a la Plazuela, vereda de la que es oriunda, y fue allí, en medio de la finca La Primavera, donde creció rodeada de cultivos y ganado.

Por eso de que “la mujer debe dedicarse a su hogar”, dejó sus estudios de bachiller, pero a pesar de eso su padre siempre le inculcó que debía tener conocimientos en algún área, por lo que se dedicó desde muy joven a la modistería.

La mayor parte de su tiempo lo pasaba frente a una máquina de coser, lo que la convirtió en una persona tímida. Pero su mundo cambió cuando a los 16 años le propusieron ser reina de belleza, fue entonces cuando se acercó a la comunidad y destinó su gestión a conseguir los fondos necesarios para la construcción lo que hoy en día se conoce como el Colegio La Plazuela.

Desde entonces, Esperanza sintió que su vocación estaba en ayudar a la comunidad, por lo que varias veces pensó en internarse en un convento de monjas, pero su madre, doña Faustina, no la apoyó porque en sus deseos maternos estaba ver a su hija formar un hogar.

A sus 18 años sufrió un accidente que la dejó en muerte clínica y con quemaduras en gran parte de su cuerpo. Pasó varios meses en recuperación y esa experiencia la hizo crear un lazo más fuerte con Dios y se volvió parte de la Comunidad Cristiana Campesina. Junto a esta entidad y con el apoyo del sacerdote Emilio López, se fue convirtiendo en una mujer empoderada y con ganas de luchar por su comunidad. Lideró varios proyectos de desarrollo y sostenibilidad rural que la fueron regresando al campo que tanto quería.

Empezó nuevamente a apoyar a su padre en las labores del campo, en los cultivos y el ganado; lo asesoró financieramente y poco después empezaron con el comercio de frutas, sin pensar que el hijo de la persona encargada del transporte de la mercancía se convertiría en su actual pareja.

Después de cinco años de noviazgo, Miguel Ángel le propuso matrimonio y se fueron a vivir a la Finca Mata de Cacao, donde residen actualmente y como ella dice: su esposo la conoció “metida en todo lo comunitario”, labor en la que continúo.

A los siete meses de su primer embarazo, atravesó por lo que ella asegura que ha sido uno de los golpes más duros de su vida, la muerte de su hermana, quien fue víctima de una bala perdida del Ejército Nacional. Y la tragedia se intensificó poco después, cuando su cuñado desapareció, dejando a sus dos sobrinos huérfanos.

Aturdida con la situación, decidió adoptar legalmente a los pequeños, a los que hoy se refiere como sus hijos mayores y para conmemorar a su hermana entabló un proceso jurídico en contra del Ejercito Nacional, del que salió victoriosa convirtiéndose en la primera demanda ganada por una mujer campesina contra el Estado.

Haciéndole honor a su nombre, Esperanza no se rindió y siguió trabajando para conseguir sus objetivos. Después de criar a sus dos hijos de vientre, se graduó de bachiller y actualmente ha cursado cuatro diplomados y más de 20 capacitaciones en aspectos rurales, agronómicos y turísticos.

Gracias a su liderazgo y formación académica la nombraron miembro de la Junta de Acción Comunal de su vereda, lugar en el que comenzó a conocer toda la información dada por ISAGEN, en torno al llenado del embalse Topocoro.

Las dudas sobre este proceso estaban dirigidas al posible aumento de la humedad en los cultivos de cacao, en los que trabajaba su esposo, sin embargo la instalación de estaciones climáticas por parte de ISAGEN y Fundación Natura, le dieron luces sobre la recolección de información, que permitiría comparar entre el comportamiento climático y agronómico, antes, durante y después de que se llenara el embalse.

Ella, junto a otros agricultores, fueron capacitados sobre la función que cumple cada herramienta de las estaciones climáticas. Para ella fue toda una nueva experiencia, pues nunca había visto un “aparatejo” así de grande y complejo.

En medio de todo ese proceso de aprendizaje, la vida le puso en el camino uno más grande, le detectaron un cáncer cervical en etapa inicial, lo que le dio la oportunidad de someterse a un tratamiento menos fuerte, pero a pesar de ello nunca dejó de asistir a las reuniones comunitarias, pues sentía que la necesitaban.

La dificultades la hicieron más fuerte, se siguió capacitando en temas turísticos y de manejo de cacao y está convencida que, aunque el trabajo no ha sido solo suyo, al proceso comunitario ha sido clave para el éxito de la estrategia de monitoreo climático participativo. “El primer paso de autonomía en el manejo climático, ya que surgió a raíz de las dudas de los agricultores acerca de las estaciones climáticas y permite que cada persona sea dueña de la información climática que registra desde su finca, mediante un termohigrómetro y un pluviómetro”, señaló.

Su vida ha cambiado, pero asegura que para bien, pues ha aprendido a manejar de manera más efectiva sus cultivos, ha aprendido a asimilar el aumento de la humedad con la aparición de enfermedades en el cacao y ya identifica la época adecuada para realizar fertilizaciones, dependiendo del registro de las lluvias.

Aunque describe a sus hijos como “personas de ciudad”, ella ha ido transmitiéndoles sus nuevos conocimientos. Asegura que la transformación del manejo del cacao en La Plazuela está iniciando y se ve en un futuro, como la pionera de la bombonería del chocolate.

Desde el patio de su finca, poniendo banano machacado en un recipiente para que se alimenten las aves, dice con total seguridad y orgullo que no es una mujer rural, sino que es una mujer campesina.

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