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El Más Grande Placer Gozado

El más grande placer gozado

Ricardo Lozano, presidente de la junta directiva de la Fundación Natura, reflexiona sobre el papel de la organización en una sociedad con comportamientos no sostenibles. Opina que la educación es la clave para la construcción de la cultura de la no violencia, con diferentes actores y pensamientos, pero con metas comunes alrededor de una cuenca, un ecosistema o un territorio.

BOGOTÁ, OCTUBRE 27 DEL 2006. La responsabilidad en la Fundación Natura va mucho más allá del cumplimiento de las funciones a las que nos comprometimos. Considero que es un acto que conlleva a la transformación de comportamientos no sostenibles de esta sociedad por acciones que van mucho más allá de las técnicas, administrativas, juridicas o cientificas, es decir, por hechos éticos que de manera natural y espontánea convocan a la formación de nuevos hombres y mujeres, a la formación de una nueva sociedad a través de nuevos procesos de educación.

Hace dos meses me topé con un articulo muy interesante y muy hermosamente  escrito por Gustavo Silva Carrero, para el periódico El Espectador, en donde nos recordaba que el matemático, científico y educador italiano Carlo Federici, en un discurso pronunciado por la época en que fue rector del colegio Italiano, en la década de los ochenta en Bogotá, sostenía que “en la personalidad, un tanto oculta y misteriosa, de Leonardo da Vinci se vislumbran, como coexistentes, las ideas que hoy en día deben ser base de la formación del hombre: la toma de conciencia de la relación ‘Yo-Tú’ (del hombre con el hombre), por medio del quehacer artístico y humanístico; y la toma de conciencia de la relación ‘Yo-Ello’ (del hombre con la naturaleza), por medio del quehacer técnico y científico”.

¿Qué diferente sería este país si en nuestra conciencia convivieran de manera armónica estas dos relaciones? Para el maestro Federici el conocimiento debe ser construido en la mente de los estudiantes, así lo asumirán y desarrollarán. No pueden ser datos implantados desde fuera, sino procesos llevados a cabo paso a paso por los estudiantes con el acompañamiento del profesor, el libro y la academia”

Ese precisamente considero debería ser la responsabilidad de las instituciones en las que trabajamos, el reto de formar ese conocimiento en las mentes de nuestros interlocutores o a los que servimos. No es fácil educar en la ciencia sin descuidar las relaciones interpersonales que nos definen como hombres y mujeres de bien, pero no es imposible si nos lo proponemos.

De acuerdo con Gustavo Silva, tanto Rodolfo Llinás como Antanas Mockus fueron estudiantes del profesor genovés Federici y con él descubrieron la íntima conexión entre la ciencia, el arte y la filosofía. A ellos les ensenó que ser educador trae consigo un deber ético fundamental para con la humanidad y descubrieron además el “placer gozado”.  Frase que le gustaba decir al profesor Federic cuando, refiriéndose a los abundantes reconocimientos entregados, decía: “En mi más íntimo sentir, he recibido estos honores no tanto por un trabajo como deber cumplido, sino por un placer gozado”.

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Es decir, no hay placer más grande que el de educar o mostrar los posibles caminos a través del conocimiento ganado. Que el placer gozado en la Fundación Natura continúe. E invito a que ese goce crezca, llevando la delantera en la formación de mentes incluyentes y justas con información, datos, ideas, teorías y conocimiento revelados desde nuestros propios escritorios. Es decir, seamos más conscientes de esa relación ‘Yo-Tú’ (del hombre con el hombre) por medio del fortalecimiento de esas labores pedagógicas a través del quehacer humanístico y educativo.

La sociedad ha llegado a la conclusión de que la educación es la clave para la construcción de esta nueva cultura de la no violencia. Nada mejor que la unión de actores con diferentes pensamientos, pero con metas comunes alrededor de una cuenca, ecosistema o territorio para demostrarlo. Y la Fundación Natura lo ha hecho, llevando a la sustancia los derechos fundamentales más humanos.

Que ese profesionalismo e independencia que los caracteriza en su quehacer técnico y científico con la naturaleza y la sociedad, coexistan de manera más estrecha y más estratégica con el quehacer educativo y humanístico, como un nuevo placer y deber ético fundamental.

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