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EDITORIAL / Fundación Natura Aplaudió La Firma De La Paz Y Ahora Alienta El Sí

EDITORIAL / Fundación Natura aplaudió la firma de la paz y ahora alienta el Sí

Bienvenidas las celebraciones y homenajes por el fin del conflicto con las Farc, pero todo pasará para darles espacio a los retos. La implementación de los acuerdos pondrá entonces a prueba la capacidad de interlocución política del sector ambiental para garantizar el desarrollo sostenible y la preservación de nuestros más preciados rincones megadiversos.

BOGOTÁ, SEPTIEMBRE 26 DEL 2016. Se firmó el Acuerdo Final de Paz entre Gobierno y las Farc, en Cartagena. El presidente Juan Manuel Santos selló protocolariamente un acuerdo con Rodrigo Londoño Echeverri, ‘Timochenko’, el jefe de la guerrilla más antigua del mundo. Y con esto, se comenzó a poner fin a más de 50 años de confrontación armada con este grupo ilegal (salvo una improbable votación mayoritaria a favor del No, el próximo 2 de octubre).

No faltaron las protestas. Pero tampoco los jefes de estado de una decena de países que sirvieron como garantes. Mucho menos las lágrimas de emoción de unos, los rostros de alivio de otros, los homenajes, los aplausos cerrados.

Y a la distancia, desde Bogotá, la Fundación Natura también aplaudió. Y ahora alienta el Sí.

Y no es para menos. Pues este momento histórico significa una esperanza y una desmedida dosis de optimismo para este torturado país. Se salvarán muchas vidas, se dejarán de sembrar minas antipersonales, ya no se reclutarán más niños a la fuerza. Y aunque las Farc no pidan perdón y sus comandantes no vayan a la cárcel por el resto de sus días, al menos muchos no vivirán lo que sufrieron los que hoy claman un necesario acto de contrición de ‘Iván Márquez’ o ‘Rodrigo Granda’.

Pero toda la emoción pasará. Este dos de octubre, como todo está planteado, el pueblo ratificará los acuerdos y se irán las ovaciones, para cederle el protagonismo a los retos. Uno de ellos: el ambiental, el manejo de la naturaleza, en los años del postconflicto y en uno de los países más biodiversos del planeta.

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Y es que el conflicto armado, mediante numerosos ataques a la infraestructura, degradó muchos ecosistemas. Tomas armadas como la que enfrentó la isla de Gorgona, uno de los epicentros de la investigación científica y biológica en el Pacífico; la afectación de zonas de páramo como las del Sumapaz; la tala de bosques primarios de valor incalculable para darle paso a los cultivos ilícitos, así como la minería con la que se han financiado por años los combatientes ilegales, son algunos de esos hechos inaceptables.

Por eso, aparece ahora una enorme oportunidad para llevar a buen puerto el tan anhelado manejo sostenible de los recursos naturales.

No hay duda de que ha habido destrucción, pero tal como lo ha planteado el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), hay lugares que se han conservado por el propio conflicto, áreas remotas a las que la colonización nunca llegó precisamente ahuyentada por los armados. Pero serán esos mismos territorios los que asumirán el protagonismo en la implementación de las acciones que acompañan la construcción de paz. Ahí es donde más atención se tendrá que invertir.

Porque, por ejemplo, se deberán dar más alternativas de producción, pero teniendo en cuenta que los procesos de redistribución de la tierra avanzan cuando el 48 por ciento del suelo nacional está afectado por la erosión (según el Ideam). El 80 por ciento de la población rural vive en municipios que pueden estar afectados por deficiencias en la oferta de agua y los efectos del cambio climático, con sequías o lluvias inusuales, no dan tregua.

Hay que tener en cuenta, además, como lo argumenta la ONU, que la zonas prioritarias para la aplicación de acciones de construcción de paz, que resistirán presiones con el desarrollo de obras de infraestructura, apertura de mercados y capitales, proyectos agropecuarios, programas de desminado, sustitución de cultivos de coca y creación de un fondo de tierras, son áreas de altísimo precio natural. Muchas están en la región Andina, pero la mayoría se encuentra en las que siempre han sido consideradas nuestras maravillas geográficas: la Orinoquia, la Amazonia y el Chocó biogeográfico, este último extendido entre la frontera con Panamá y Nariño.

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Y en medio de todo surge un dilema: las alertas tempranas de deforestación del país, según lo reveló recientemente el Ministerio de Ambiente, se dan con mayor intensidad en Putumayo, Antioquia, Caquetá, Guaviare y Meta, zonas donde la frontera agropecuaria aún no está consolidada y deberá replantearse y ampliarse para dar oportunidades de desarrollo a comunidades. ¿Cómo frenar la tala mientras se consolida el avance de la estabilidad social?

Es indispensable que estos procesos sean concertados entre los gobiernos, los sectores productivos y las comunidades, y que en los mismos se reconozcan tanto los factores ambientales necesarios para avanzar con sostenibilidad en el largo plazo, como la vocación productiva. Porque la conservación para el desarrollo debe ir más allá de la creación de áreas protegidas. Debe completarse con gestión ecosistémica en fincas, resguardos y unidades productivas campesinas.

Con este panorama en frente, la implementación de los acuerdos retará la capacidad de interlocución política del sector ambiental para la resolución de conflictos. Desconocer los aspectos ambientales en el posacuerdo podría conducir al deterioro sin retorno de nuestro patrimonio natural.

Recientemente, Fundación Natura promovió en el Congreso Mundial de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) que este organismo se transformara en una organización vigilante de estos desafíos. Su directora, Inger Andersen, se comprometió a ofrecer un apoyo especial al Gobierno colombiano para planear de manera adecuada y concertada ese desarrollo regional, asegurando el respeto a los derechos de las comunidades y fortaleciendo los mecanismos de ejecución y seguimiento, a fin de que esto se haga realidad.

No es un ofrecimiento menor, porque la paz, que necesariamente será buena para el país, no deberá transformarse en una amenaza para su medioambiente. Muchos menos ahora, cuando la existencia de una guerra interna ya no valdrá más como excusa.

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