
Esta guerra interna que se ha alargado por más de 50 años le ha arrebatado la vida a miles y miles de personas ajenas a ese conflicto de intereses y orgullos. Cada ciudadano muerto es un deja vu, la repetición de una tragedia a la que los colombianos nos hemos venido acostumbrando. Cada vida que se extingue en este cruce de balas es un recordatorio de que somos una sociedad enferma, una sociedad en crisis que prefiere desviar los ojos a cualquier expresión de vanalidad antes que enfrentar la realidad.
El informe de Amnistía Internacional señala que más del 60 por ciento de las personas desplazadas en Colombia se han visto obligadas a abandonar sus casas y tierras en zonas de gran interés económico por sus recursos mineros, agrícolas o de otro tipo. Las cifras que da a conocer este organismo son escalofriantes: Según la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), el año pasado murieron al menos 114 hombres, mujeres, niños y niñas indígenas, y miles fueron desplazados internamente, la mayoría a causa del conflicto. Según la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, las Farc fue responsable de la mayor parte de los asesinatos, aunque todas las partes en conflicto, incluidos los grupos paramilitares y las fuerzas de seguridad, han cometido reiterados abusos contra los derechos humanos de los pueblos indígenas y no han respetado sus derechos como civiles.

Preocupante es la situación de los Awá, comunidad indígena que habita el resguardo de El Gran Rosario, municipio de Tumaco, en el departamento de Nariño. Según los informes de la ONIC, más de la mitad de los indígenas que fueron asesinados en el 2009 a manos de los distintos grupos armados, pertenecían a esta étnia.
No podemos olvidar a nuestros hermanos campesinos e indígenas, aquellas personas que habitan el interior del país y quienes viven una realidad distinta a la que nosotros vivimos. El desarrollo de un pueblo comienza en sus campos, cuando las manos que cultivan la tierra y alistan los alimentos que nosotros consumimos en las grandes ciudades tienen garantizados sus derechos. La paz se hace entendiendo que las comunidades indígenas que todavía tratan de mantener sus costumbres ancestrales tienen el derecho a no tomar parte ni partido por ninguno de los bandos en contienda. El único bando que debemos seguir todos es el de la paz.
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